San Roque

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La efigie de San Roque, Patrón de la localidad, es una obra realizada en 1939 por D. José Merino Román, que sustituye a la anterior desaparecida en 1936, y al igual que la Santísima Virgen de la Victoria no reproduce a la anterior.


Su factura es de talla completa efectuada en madera de ciprés y tamaño académico.

El rostro representa la unción y el recogimiento en plena oración con el Sumo Hacedor, fijando la mirada hacia el Cielo. Con una mano recoge su túnica para mostrar las llagas de la enfermedad de la peste que contrajo al curar a miles de apestados. Presenta todos los motivos alegóricos de su advocación: túnica de color marrón, sombrero, y conchas, todo ello característico de los peregrinos del Medievo.


En 1995, D. José Manuel Bonilla Cornejo repolicroma por entero la talla, incorporando un breve estofado en el filo de la túnica.

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Imagen de San Roque antes de la restauración de D. José Manuel Bonilla Cornejo

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BREVE RESEÑA DE LA VIDA DEL GLORIOSO SAN ROQUE

San Roque ha sido y es uno de los santos más venerados, especialmente en algunas naciones y pueblos, como Manzanilla que lo proclama Patrón y protector de la Villa tras haberse librado de un mal que asolaba la zona allá por 1601.
San Roque nació en la localidad francesa de Montpellier, a orillas del Mediterráneo. Sus padres, Juan y Liberia, poseían una sólida posición social y económica. A la vez cultivaban una ejemplar religiosidad y se dedicaban a la caridad. Las puertas de su hogar estaban siempre abiertas a pobres y peregrinos.
El heredero y futuro santo nacería en 1295. Sobre él volcaron su religiosidad y el cultivo de los mejores sentimientos, colocando ante él los ejemplos de sus vidas. Cursó estudios de derecho y medicina en la célebre Universidad de Montpellier. Se relacionó con los frailes franciscanos, ingresando en la Orden Franciscana Seglar. Los ejemplos de Francisco de Asís calaron profundamente en su alma.
Muertos sus padres, él, a sus 20 años de edad, toma la gran decisión: se libera del poder y de las riquezas, apenas se reserva un traje de peregrino, un sombrero de anchas alas y una bolsa para guardar las limosnas que pediría en nombre de Jesús, para socorrer a los pobres.
Aquel peregrinar de la Edad Media se hacía con espíritu penitencial y testimonial.
Él, libre, comenzó a andar. Por todos los caminos hallaba escenas patéticas. Era la invasión de la lepra negra. Ante esa realidad, Roque cambió sus planes de piadoso peregrino para convertirse en piadoso samaritano. No pasó de largo ni volvió el rostro hacia otro lado, olvidándose de sí, se puso al servicio de los apestados.
En Plasencia un día advierte una mancha. Había contraído la peste. Para no quitar lugar y cuidados a otros enfermos se retiró a un monte vecino llamado Sarmato; allí Dios no abandonó a su siervo, para apagar su sed y lavar sus llagas brotó una fuente de agua cristalina, y un perro se encargaba cada día de traerle un pan.
La peste remitió, y él, después de siete años, regresó a Montpellier, su pueblo. Nadie lo reconocía ni él se dio a conocer. Le confundieron con un espía y le encarcelaron, pasando allí sus últimos cinco años admirando a los carceleros.
Roque cerraba sus ojos a este mundo el 16 de agosto de 1327, junto a su cama se halló una tabla con este letrero: “Los que, atacados por la peste, acudan a la poderosa intercesión de Roque, serán liberados inmediatamente del mal”.
Su culto fue reconocido por el Papa Urbano VIII, venerándose como intercesor ante el Sumo Hacedor ante las epidemias de peste.

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